Asociación Española de Técnicos de Enfermería, Emergencias, Sanitarios y Sociosanitarios

Los Ojos de la Muerte

Ago 31, 2021 | Blog

El despertador suena, son las 06.00 de la mañana, me pesa todo el cuerpo, los brazos no se quieren mover, las piernas no quieren dar ni un paso más, siento una fatiga crónica, es como si las 6 o 7 horas de sueño no hubiesen sido suficientes para olvidar el día anterior y es que… ¿cómo se puede olvidar lo nunca antes vivido, el terror, el miedo en los ojos de todos aquellos desdichados por los que poco o nada se podía hacer ya?

Esta vez no encuentro recompensa ni alivio en familiares, amigos o pacientes porque, todo parece un mal sueño, una pesadilla de la que parece que no hay escapatoria.

Cuando decidí dedicarme a esta profesión era joven, sin experiencia en la vida, pero capaz de ponerme el mundo por montera, lleno de ilusión y motivación, de eso parece que han pasado miles de años, ahora todo es bien distinto, este maldito virus ha hecho que todo haya cambiado.

Sé que cuando termine mi interminable y agotadora jornada laboral volveré a casa, a mi otro hospital, tendré que seguir cuidando, atendiendo, preocupándome y desvelándome por lo que tengo en casa, porque el maldito virus también está en casa.

El recuerdo de cuando esta pesadilla empezó me parece todavía un poco confuso, es como si hubiera pasado mucho tiempo ya, años tal vez, pero no ha pasado ni un año, todo comenzó muy lejos, como en otro planeta, creo que nadie pensaba que ´ESO´ iba a llegar hasta aquí, desde la otra parte del mundo, veíamos las noticias impasibles a la vez que horrorizados por la situación que estaba viviendo la gente de ese país. Nosotros nos sentíamos seguros, ya que “ESO“ estaba muy lejos de nosotros y no iba a llegar hasta aquí. Pero pronto nos dimos cuenta que, poco a poco, como un tsunami vírico se acercaba cada vez más a nosotros, y empezamos a sentirnos un poco nerviosos. Aquí que nunca pasa nada, un país tranquilo del sur de Europa, ahora nos vemos inmersos en una película de “ciencia ficción americana” .Y llegó hasta España y empezó, poco a poco, casi sin darnos cuenta, un día un caso aquí y otro allá, y más casos… y se extendió como mancha negra recorriendo todo el País.

Estábamos consternados, el virus se nos fue descontrolando y no teníamos conocimiento ni protocolos de actuación contra este nuevo y virulento virus. Primero nos decían que con mascarilla quirúrgica era suficiente, ¡ah no! que ahora es por contacto, ahora la mascarilla FPP2, ahora un protocolo, luego otro protocolo y otro, así muchas veces, no sé cuántas, perdí la cuenta. El caso es que parecía la guerra o peor aún, el infierno. Yo tenía que reprimirme las ganas de llorar, me sentía impotente, frustrado y no comprendía nada ni a nadie. De pronto me vi trabajando en una burbuja y poco a poco esa burbuja se fue haciendo más y más pequeña y mi vida quedó reducida solo al trabajo, la gente se quedó recluida en sus casas asustadas y sin saber qué hacer, sus vidas se habían paralizado.

En medio de todo esto, yo intentaba ser optimista y me dije a mi mismo ´esto será cosa de unos días´ luego llegó el estado de alarma, daba miedo ver el país vacío, ese silencio, esa quietud forzada, jamás pensé que iba a vivir algo así, era una imagen desoladora, primero quince días, luego otros quince más y esta agonía se prolongó en el tiempo y el exterior resultó ser un lugar hostil, el solo hecho de ir al supermercado daba miedo mirando, sentía las miradas por las ventanas y yo me sentía como un delincuente. No fui consciente de lo que estaba viviendo y cuando me di cuenta llevaba ya dos meses, tomé consciencia porque llegué a un estado de agotamiento físico y psicológico por los acontecimientos que estaban pasando a mí alrededor, en todo el país y en el mundo entero. Estaba sobrecogido, abrumado y entonces sentí un gran peso sobre mis hombros. Yo no viví el confinamiento como mi familia o mis amigos, yo iba al trabajo todos los días, así que no me sentía tan enclaustrado, pero estaba muy apenado porque no podía ver a mi familia ni a mis amigos, también veía a la gente y a mis compañeros muy tristes y eso me afectó bastante psicológicamente Y aún me quedaba mucho por ver.

Como he dicho antes, mi confinamiento ha sido algo distinto al resto de mi entorno social, pues tanto mi pareja como yo trabajamos como batas blancas, esto es una suerte porque podemos hablar el mismo idioma y podemos contarnos sin censura el día a día de nuestra lucha diaria, los dos luchamos en la misma batalla, en el mismo bando, nos contamos las penas vividas y nos desahogamos llorando juntos por las incontables e inevitables muertes que está causando todos los días este desconocido y mortífero virus. Cuando llamaba a mi madre me reprimía las ganas de llorar, no podía dejar que ella me viera mal, así que yo le daba ánimos y le daba fuerzas desde mi bienestar fingido para que ella no sufriera, o por lo menos, para apaciguar un poco su preocupación por mí, sé que ella estaba nerviosa triste y muy preocupa, sé que por las noches se acostaba llorando, eso me preocupaba porque su salud no es muy buena y con tanta preocupación podía caer enferma, y todo porque su querido hijo se ha convertido en un héroe, si, en eso nos han convertido, un héroe sin capa, asustado y con mucho miedo. Escuchar las noticias era agotador, las noticias nada alentadoras, todos los días eran cifras y más cifras cada vez más altas de éxitus y de infectados, parecía que esto no iba a acabar nunca, y es que daba miedo escuchar las noticias.

Recuerdo un día que me levanté a las 6:00 am como un día normal, desayuno como siempre, cuando salí para el trabajo me di cuenta de que algo estaba pasando, y cuando llegué a mi hospital, me quedé en la entrada mirando lo que antes era mi segundo hogar, se ha convertido en un lugar extraño y hostil, aquello parecía un hospital de campaña y entonces mi forma de trabajar y de relacionarme con mis compañeros, de tratar con los pacientes, todo empieza a cambiar, toda una sociedad empieza a cambiar. Nosotros somos de tocarnos de abrazos y besos como una gran familia, entonces empezamos a separarnos, a tenernos miedo de nosotros mismos y a desconfiar de la persona que tenemos enfrente, o al lado, tenemos que aprender a ser huraño, introvertidos y ariscos.

Fue horrible, no veía a mis pacientes, las gafas se me empañaban, no los escuchaba casi no podía tocarlos y ellos no me veían la cara tampoco me escuchaban. Los pacientes necesitan ser escuchados, ser tocados, ver una cara y una mano que le dé calor. No, no se podía, por mi salud por la salud de ellos por la salud de todos eso ahora estaba vetado, psicológicamente ni a mis compañeros ni a mí nos habían preparado para esta nueva forma de trabajar, cuando salía del box y miraba hacia atrás veía el rostro de la muerte con sus ojos brillantes acechando sus próximas víctimas para llevarse sus vulnerables almas, yo me sentía ¡tan impotente, tan desvalido…!. Cada día al llegar al trabajo nos contábamos las nuevas bajas de los compañeros, había un sentimiento de miedo porque, puede que al día siguiente, puedes ser tú o puedo ser yo, o el compañero con el que había estado desayunando el día anterior. Algunos de mis compañeros tuvieron crisis de ansiedad, y todavía hay compañeros que están mal, no solo por el covid, es depresión, ansiedad, es que todo esto les ha afectado mucho, esta situación nos ha sobrepasado a todos.

En el hospital no todo era negativo, hubo mucha solidaridad de los compañeros y de la sociedad. Recuerdo a la gente aplaudiendo, la primera vez que escuché los aplausos me emocioné muchísimo y casi lloro, creo que nunca había visto tanto agradecimiento con sanitarios, los bomberos, la policía, los empleados de los supermercados, en definitiva, de los servicios esenciales. Recuerdo también los regalos, el hospital se llenaba de regalos todos los días, ¡parecía navidad!, nos colmaban de presentes, dulces, salados y ¡hasta nos regalaron ropa! Los compañeros todos nos unimos más que nunca y nos hicimos más fuertes y nos dábamos ánimos constantemente y mucho apoyo emocional.

Mi trabajo no terminaba en el hospital, antes de llegar a casa, a mi merecido descanso, tenía que pasarme a cuidar a mi paciente consentida, la abuela, mi vecina, antes de llegar a casa, después del duro día en el trabajo, me quito la ropa de calle me pongo un uniforme y un EPI, y empiezo otra vez mi tarea, pero esta es de voluntariado y lo hago gustosamente, ella necesita de mi ayuda y a mí me gusta mimarla, cuidarla… Mi vecina es una abuela entrañable, a sus ochenta años ella vivía sola, era totalmente independiente y muy inteligente, había sido profesora de inglés y de piano y llegó a ser nuestra profesora de inglés. Con el paso del tiempo nos hicimos muy amigos y a veces salíamos a comer o a desayunar juntos, por las mañanas temprano, llamaba a mi puerta para ir a desayunar o nos traía algunos ricos dulces, ella sabía que nos encantan los dulces, yo en cambio cuando hacía comidas, como lentejas o potajes le llevaba un tupper, ella adoraba mis lentejas y siempre me decía que eran las mejores lentejas que había probado jamás, yo creo que exageraba mucho, pero yo me ponía muy contento por los halagos, y siempre que podíamos le hacíamos la compra o la llevábamos al médico, para alguna revisión, nosotros éramos como unos nietos para ella.

Con el paso de los años, sus fuerzas empezaron a flaquear y tuvimos que contratar a alguien para ayudarla a hacer las cosas de la casa y hacerle la compra porque ya necesitaba mucha atención, y ni mi pareja ni yo podíamos atenderla correctamente, como ella se merecía, debido a nuestros trabajos y ella, cada vez, necesitaba más ayuda. Merche, así se llamaba la abuela, un día se tropezó en la calle y se fracturó un brazo, la tuvieron que operar y estuvo una temporada ingresada y nosotros la visitamos todos los días. A su edad era una operación peligrosa y los médicos dudaron para hacer la operación. Pero nosotros les dijimos a los médicos que Merche era una abuela muy fuerte y que aguantaría bien la operación. Y salió muy bien como era de esperar. Y llegó este virus, tuvimos mucho cuidado con ella, pero el virus llegó hasta ella y a su cuidadora y entonces, fue cuando empezó su desdicha, tuvimos que ingresarla y al no tener familia, los médicos nos llamaban todos los días para decirnos el progreso de Merche, nosotros sabíamos lo angustiada que estaba porque no nos podía ver, lo sabíamos porque esos miedos los veíamos todos los días a los abuelos en el hospital, veíamos el miedo en los ojos de los pacientes todos los días y sabíamos que estaba desolada incomunicada y nosotros también estábamos muy apenados por ella, y lloramos mucho porque era nuestra abuela y porque lo estaba pasando muy mal y el desenlace de todo podría ser funesto. Nos llamaron del hospital porque le iban a dar el alta, que ya estaba bien.

Nos pusimos muy contentos y preparamos su piso para que ella estuviera aislada porque todavía era covid positivo. Cuando la vimos en la camilla de la ambulancia nos quedamos horrorizados, aquella abuela no se parecía a Merche, había perdido unos diez kilos y no se movía ni hablaba, no era la misma abuela cuando salió hacia el hospital aun sonriendo y diciendo: tranquilos chicos que todo va a salir bien. Empezó para nosotros una pesadilla, sin ayuda de nadie empezamos la ardua tarea de cuidarla solos y a la vez trabajando en el hospital en unas condiciones penosas, nos levantábamos temprano para asearla sentarla intentar darla de comer porque no quería comer nada, había caído en un estado de apatía, yo le hacía mis lentejas que sabía que era su plato favorito y se lo pasaba por puré, poco a poco fue comiendo más y cogió un poco de fuerza y ya nos hablaba y sonreía.

Estaba un poco confusa porque nosotros llevábamos siempre puesta el EPI y nos veía muy bien la cara, después de darla de comer la dejábamos levantada, nosotros teníamos que trabajar y no volvíamos hasta las diez y media, muchas horas para que ella esté sola y ¿si le pasa algo?, nadie va a poder ayudarla, nosotros después del inhumano trabajo en el hospital llegaba a casa agotado y teníamos que pasarnos por casa de la abuela, tengo que hacer de TCE y me cambio de ropa me pongo el EPI y empezamos una nueva tarea con la abuela. Cuando estoy en turno de noche antes de irme a la cama paso para ver a la abuela y la aseo, la curo una upp que le ha salido y la levanto, la doy de desayunar, la dejo acomodada y entonces me voy a dormir.

Estamos muy estresados por toda esta situación porque no podemos más, llevamos así un mes y ya estamos saturados, la cuidadora no quiere venir porque tiene miedo y nosotros estamos al límite de nuestras fuerzas, nuestra abuela necesita mucha ayuda y nosotros solos no podemos con todo. Merche se desanimó mucho y ya nos dijo que no quería vivir más, nos dijo que sabía que su hora estaba cerca, que ha visto a la muerte y que la ha mirado de frente, a los ojos, que ha soñado con su marido (que murió hace muchos años). Esto ya superó nuestra capacidad psicológica y tuvimos que pedir ayuda o más bien mendigar ayuda a una residencia de monjas cerca de casa para que aceptara a Merche porque nosotros estábamos exhaustos y nos sentíamos incapaces de ofrecer a Merche los cuidados necesarios porque Merche se rindió del todo.

La residencia aceptó a Merche con reticencia sobre todo porque ella seguía siendo covid positivo. El doctor nos preguntó que quien somos nosotros para Merche porque ella cuando cobra conciencia pregunta por kike y Antonio. Somos sus amigos, sus vecinos, los que la quieren y los que han estado siempre a su lado.

Era domingo y el estado de alarma se terminaba el lunes, nos sentíamos muy animados porque por fin íbamos a poder visitarla. Nos llaman de la residencia y nos dieron el pésame, era una noticia que la esperábamos, pero no así, sin verla sin despedirnos de ella, fue un duro golpe para nosotros, sabemos que nos está sonriendo y tocando el piano, ella está muy agradecida y orgullosa de nosotros por haberla cuidado tan bien por haberla mimado tanto y con tanto cariño, nosotros estamos contentos de que ella se haya sentido tan querida y tan arropada hasta sus últimos días, ahora estará al lado de su marido que la quería tanto. La seguimos recordando cada día, la echamos mucho de menos. Este virus la ha vencido. Ha muerto como mucha gente, sola, sin poder despedirse de los suyos, y nosotros como otros muchos familiares la hemos llorado sin haberle dicho, ¡adiós Merche, te echaremos mucho de menos! Todo lo que hemos visto, lo que hemos vivido, va a quedar en el recuerdo de mucha gente. Esto nunca se olvida. Muchos quedarán traumatizados por mucho tiempo, años o incluso para toda su vida.